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Del caos a la claridad: las rutinas diarias ¿funcionan o son la nueva forma de procrastinar?

Mujer escribiendo en su agenda, Karolina Grabowska - Unplash


Experiencia humana universal: tenemos tanto que hacer, que no se nos ocurre por dónde comenzar, quedándonos paralizados y ansiosos sin hacer nada. Además, es muy común el intentar postergar indefinidamente la hora de tener que hacer una tarea grande, importante o una tarea que simplemente no queremos hacer. Entonces, pasamos de no hacer nada a hacer muchas mini tareas con el afán de mantenernos ocupados. ¿Debería estar haciendo otra cosa? ¿Tendré tiempo de terminar todo lo que tengo por hacer?


Soluciones hay muchas: cada una adaptada a los gustos y necesidades individuales. Una de las más efectivas hoy en día, con popularidad en aumento por todo el contenido que vemos en redes sociales, es la de establecer una rutina diaria. ¿Qué es? Una rutina diaria se refiere a todos los hábitos y las actividades que hacemos de forma regular y constante durante el día. Normalmente, las actividades dentro una rutina son llevadas a cabo a la misma hora, en el mismo órden; todos los días.

Uno de los estudios más relevantes sobre los hábitos fue realizado por el University College de Londres (2009). Publicado en la revista European Journal of Social Psychology, el artículo rescata que la formación de hábitos en un ser humano sucede cuando repetimos la misma acción mínimamente por 21 días. Si pasamos los 21 días y llegamos a los 66 días repitiendo la misma acción, ya tenemos un hábito bien formado. ¿A qué me voy con todo esto? Si bien los hábitos requieren de disciplina y toman tiempo, me cuestiono hasta qué punto son efectivos y hasta qué punto pueden ser considerados como otra forma de procrastinación.


¿Somos más cumplidos con nuestra rutina cuando, subconscientemente, evitamos tener que realizar una tarea más grande?


Me lo imagino así: hoy tengo que escribir un artículo sobre la productividad ligada a la academia. Como en todo buen día, logro despertarme a las 5:30 a.m., después de 7 horas de sueño. Después de quince minutos tratando de “despertar” con todo el sentido de la palabra, me levanto. A continuación, tomo agua, me cambio, me lavo la cara, me arreglo el cabello y voy a la cocina. Entonces, como un plátano, me preparo un café y salgo hacia el gimnasio. Al volver, desayuno, tiendo mi cama, ordeno mi cuarto y me meto a la ducha: en una hora tengo que salir de mi casa hacia la universidad. Mis clases duran toda la tarde, entonces, el artículo lo tendré que escribir a lo largo de todo el día. ¿Qué tiene de malo todo esto? En esencia, nada.


Ahora imaginemos el segundo escenario: el que no pasó. Me despierto a las 5:30 a.m., tras 7 horas de sueño. Después de quince minutos, me levanto. A continuación, tomo agua y me siento en mi escritorio, abro mi computadora y escribo el artículo, sin posponerlo. Tardo, contando con la suerte de la inspiración, una hora. Después de eso, podría retomar mi rutina, acortándola u omitiendo la parte de salir al gimnasio. Suena más lógico, ¿no? Si resulta más lógico, ¿por qué no pasó el segundo escenario?


Si bien el artículo es una tarea grande que me tomará más tiempo, preferí posponerla y fragmentarla; dándole mayor prioridad a mi rutina matutina. La única explicación que puedo ofrecerles es: lo hago por una cuestión de paz mental. La rutina, para mí, es la línea fina entre el caos y la claridad. Así tenga miles de quehaceres pendientes, cumplir con mi rutina me da la tranquilidad y el sentimiento de realización necesarios para sobrellevar el resto de mi día. Puede que muchas cosas me salgan mal a lo largo del día, pero mi mañana fue todo un éxito. Sí, podría ser considerada como una forma de procrastinar, porque hasta cierto punto evado comenzar a escribir el artículo; requiere de más concentración y más tiempo. Además, aquí entra el factor del miedo al fracaso y el perfeccionismo de muchas personas: preferimos acciones que nos brinden recompensas inmediatas a correr el riesgo de comenzar algo y fallar u obtener un resultado poco conveniente.


Así que, para evitar caer en la procrastinación, es importante ser flexibles con nosotros mismos. Siempre habrán días y días: pero nosotros elegimos la actitud con la que afrontamos todo lo que se nos presenta. A fin de cuentas, terminar mi artículo fue incluso un poco más satisfactorio que cumplir con mi rutina matutina.


Escrito por Emilia Badani Reyes Villa


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